Tanto, que cuando niño creía que la torre de la plaza Prat estaba en el Patio de su casa.
"Claro, es que todos los que leían me asociaban con lo que en ese entonces era la Imprenta y Librería Victoria, porque ahí vivíamos con mi mamá, en el segundo piso. Era una vieja casona que estaba justo frente a la plaza Prat, donde hoy está en Banco de Chile. Y también era adicto al cine… El tío Ernesto Delucchi era el concesionario del Teatro Municipal, que para mí era como el cine de barrio, ¿me entiendes?"
- ¿Qué escuchabas para entretenerte en casa?
- Bueno, la radio era nuestra compañera fiel, pues. El fútbol, como ahora, era la gran entretención y la radio monopolizaba su difusión… Ahhh, las transmisiones de Darío Verdugo y Sergio Silva, en dupla… ¡inolvidables! Entonces después uno tenía que leer la revista “Estadio”, para entender cómo eran las jugadas.
- Algo más que “Estadio” para leer, suponemos.
- Pero claro. Estaba el “Ecran” que traía todo el material de informaciones sobre los avances y la actualidad del cine y de la música internacional. Uno leía también el “O’key” que se especializaba en tiras cómicas por entrega, seriales, en fin. Ahí comenzó a salir el Condorito. Estaba también la tira del Corsario Negro, que eran tres hermanos: el Negro, el Rojo y el Verde. Ah, y Sandokan.
- Guillermo, ¿cómo describes a la juventud del año 1959?
- Hace poco yo te decía –y quiero reiterarlo ahora– era básicamente lo mismo que hoy. Claro, la moda es distinta, también eran diferentes los tratos y las formas de relacionarse. Pero no es como escucho decir a menudo que no había violencia o delincuencia. ¡Había! Lo que ocurre es que esto ha ido creciendo y en escalada, al extremo que hoy se cae en salvajismo. En esos años –y estamos hablando de 1959– habían otros códigos. Más caballerescos, si se quiere. Pero eran igualmente actos de violencia.
- ¿Códigos de violencia?
- Sí, pero no era una barbarie. Si se peleaban, había toda una serie de procedimientos para desafiarse y hasta se escogía un árbitro, se pasaba la voz y a la salida de clases todos los informados –y, claro, también los contendientes y el árbitro– íbamos a la playa, abajo del Liceo. El árbitro indicaba cuando empezar y cómo terminar. Al final se daban la mano y seguíamos todos tan amigos como siempre. No era como ahora, que prácticamente te dan una paliza sin piedad.
- ¿Estaban instalados también estos códigos de caballerosidad en las relaciones románticas?
- Ah, pero por supuesto. En ese tiempo eran, como yo siempre digo, unas relaciones pre-pololeo con forma de escalera. Uno tenía que ir paso a paso hasta llegar arriba, a la cumbre, donde tenía derecho a tomar la manito y arrancarle un beso a la niña…
- ¿Y ahora?
- Bueno, ahora es como una carrera de 100 metros planos (ríe). Y ¡Cien metros sin obstáculos!, ¿me entiendes? Todo en menos de 10 segundos, jajajaja.
- Antes había que ser más creativo que ahora, parece.
- Sí, un buen punto. Por ejemplo en materia artística, era más prometedores los artistas jóvenes que ahora, porque los estándares de exigencia y calidad eran más altos. Hoy cualquiera pinta tres rayas y dice que es un artista. ¡Y hace una exposición! O bien escribe unos garabatos de poesía y los publica. Por otro lado lo que yo recuerdo en forma muy nítida es que en ese entonces había un claro sentido de respeto por el pasado y por las instituciones. Sobre todo, por las instituciones a las que tú pertenecías. Era como un cordón umbilical más allá de la cosa rutinaria. Si tú pertenecías al Liceo de Hombres, ¡eras del Liceo de Hombres! Nada te acercaba al Don Bosco, al Comercial a la Escuela Industrial… Lo mismo con los equipos. No se daba eso que si ti eras del Norteamérica, de repente pasabas al Aviación… No, eso no se daba.
- ¿Y cómo lo hiciste tú para vivir este cambio obligado en tu vida escolar, transformándote de salesiano en liceano?
- Tú lo dijiste, fue un cambio obligado al que nos veíamos sometidos todos los que hacíamos estudios en el Don Bosco. El colegio tenía hasta tercero de humanidades y tercero de comercio. No había más. Si querías completar humanidades, que era mi caso y el de muchos de mis compañeros, entonces había que seguir estudios en el Liceo de Hombres. Eso hicimos ese año y caímos en el Cuarto B del Liceo de Hombres, con la profesora jefe que fue doña Nora Vera de Vivanco. Otros profesores que yo recuerdo con cariño fueron Silvia Aguilar, que ya no está viva; Adriana Peirano; uno que me encauzó en este asunto de la literatura, Manuel Miranda Sallorenzo, quien murió en Alemania. Él escribió esta obra que se llama “Contrabando para el Amor” y unos cuentos ambientados en las caletas de acá de Iquique, en Chanavayita y se llamaba “Las Lindes del Amargo”.
- Lo tuyo fue siempre y exclusivamente la literatura
- No, no, no. Antes del Liceo, en el Don Bosco, yo pertenecí al coro del colegio. No era tarro, ¿ah? Porque mucho antes a los coristas les llamaban “los tarros”. Además formé parte del grupo de radio teatro y participé en las representaciones de zarzuela que se hacían ahí en el Teatro Arauco, que ahora ya no existe. Estaba en la esquina de Ramírez con Vivar, donde ahora funciona una bomba gasolinera.
- ¿Cuál era tu radio de acción en ese viejo Iquique?, ¿por dónde te movías con más facilidad?
- Hmmm. El sector central, como le llamamos ahora, en el siglo XXI. La Plaza Prat, la calle Baquedano, Aníbal Pinto. Mira, teníamos un amigo que vivía allá en Riquelme con Juan Martínez y lo íbamos a ver. Le preguntábamos cómo era posible que pudiera vivir tan lejos. Bueno, y la pampa. En mi caso, la Salitrera Victoria. Allá llegamos con mi mamá en los comienzos de los 50. Aún era un niño y con los amigos jugábamos a ser indios, como los de las películas. El sereno se pasaba a caballo por la parte de la periferia sur, cerca de las tortas rumbo a Alianza. Él, a caballo, era el blanco, y nosotros, los indios, que nos agazapábamos para no ser descubiertos. Cuando se nos acercaba, entonces les disparábamos una andanada de flechas imaginarias que muchas veces dieron en el blanco y nos hicieron celebrar una victoria. Nunca supo ese sereno que todos los días jugaba con nosotros.
- ¿Fue diferente la infancia de la pampa respecto a la de Iquique, en la costa?
- Sí, tal como lo insinúas en la pregunta, haciendo.
